Mr. Fetchner

Solía presentarse cada semana vistiendo de traje negro, ofreciendo una sonrisa falsa a enfermeros, médicos y enfermos por igual. Uno a uno todos veían sus blancos dientes brillar como si la más radiante de las muecas sirviese para ocultar su verdadero propósito. Sin embargo el Sr. Fetchner se esforzaba en mantener la buena predisposición, pues en su trabajo una sonrisa podía ser de gran efecto.

—Llegó el visitador— solíamos decir quienes trabajamos entonces en el Centro de Recuperación de Greenland al verlo entrar. Unos pocos pasos hacia el mostrador, acomodaba su corbata y se presentaba cortésmente:

—Buenas tardes, Sr. Fetchner— se adelantaba Darcy, la más joven de nuestras internas.

—Buenas tardes, respondía él con su sarcástica sonrisa.

Dueña de una figura esbelta, rizos acaramelados y una simpatía casi sobrenatural, Darcy era la única capaz de recibirlo como si se tratase de cualquier otra visita. Él había estado enamorado de la dulce Darcy desde la primera vez, y en adelante no había dejado de observarla en cada encuentro.

—¿Mucho trabajo hoy?— preguntaba Fetchner a continuación, inmiscuyendo su mirada en el escote de la hermosa joven.

—No, no realmente —contestaba ella sin siquiera levantar la vista.

Mientras esperaba que actualizaran los datos del ordenador el Sr. Fetchner presionaba sus dientes unos contra otros como si estuviese a punto de devorar a alguien sólo de exasperación. Odiaba esperar por sobre todas las cosas, pocas situaciones en su mundo podían irritarlo tanto.

—Parece que la copiadora otra vez se atascó— dijo uno de los médicos desde la oficina contigua.

El rostro del Sr. Fetchner de pronto comenzó a transformarse, cobrando la intensidad y coloración de un volcán a punto de estallar. La información que debía obtener era de suma importancia, y el tiempo seguía corriendo.

—No importa, se lo anotaré en un papel rápidamente, no son demasiados esta vez— intervino Darcy salvando la situación.

Ah, Darcy, siempre tan atenta. Sólo ella podía entender el daño que causaría a la reputación del Sr. Fetchner la excesiva demora. Para los que no lo hubieran visto antes, no había en él nada en especial, pero quienes día a día notábamos su presencia sabíamos. Sabíamos aunque ninguno se animara a decir una palabra. Tan sólo “Sr. Fetchner” o simplemente “el visitador”, así es cómo llamábamos a aquella aberración sonriente.

Darcy entregó el papel con los datos y en él se pudo leer un listado de nombres:

Sr. Lovett

Sr. Patton

Sra. Fuentes

Sr. Cruiser

Sra. Allon

Con su habitual gesto mezcla de descontento y suficiencia Fetchner pidió a la joven que firmara debajo la constancia de su visita. Guardó el papel en su maletín, y se alejó en medio de la oscuridad de los pasillos silbando una alegre canción. Luego, simplemente pareció fundirse con el aire, en medio del aturdimiento ocasionado por las alertas de cinco pacientes y una muerte en recepción.

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