Madeleine
Mientras bebía lentamente un café de pésimo gusto el Sr. P planificó su venganza. Quizás, presionaría sus dedos contra su garganta hasta que el único sonido fuese en la radio el de alguna horrible canción. O se serviría de sus favores como prostituta y la amordazaría luego para no escuchar su voz mientras la estrangulara.
Miles de partículas de talco se depositaron sobre los rudimentarios dedos del Sr. P y otras tantas cayeron al vacío cuando quitó el excedente rozando entre sí sus palmas. El látex de unos blancos guantes sintió estirarse los dedos hasta alcanzar la forma del índice, el pulgar, y luego envolver por completo la garra mortífera. La trampa se abrió y cerró ensayando su último truco y el Sr. P esbozó una sonrisa.
