Madeleine

Domingo, Enero 21, 2007

Mientras bebía lentamente un café de pésimo gusto el Sr. P planificó su venganza. Quizás, presionaría sus dedos contra su garganta hasta que el único sonido fuese en la radio el de alguna horrible canción. O se serviría de sus favores como prostituta y la amordazaría luego para no escuchar su voz mientras la estrangulara.

Miles de partículas de talco se depositaron sobre los rudimentarios dedos del Sr. P y otras tantas cayeron al vacío cuando quitó el excedente rozando entre sí sus palmas. El látex de unos blancos guantes sintió estirarse los dedos hasta alcanzar la forma del índice, el pulgar, y luego envolver por completo la garra mortífera. La trampa se abrió y cerró ensayando su último truco y el Sr. P esbozó una sonrisa.

Luego las manos comandadas por los guantes tocaron instrumentos acordes a la ocasión: unas pequeñas pinzas, tijeras, dos finísimos hilos de acero y una manta. Dispuestas sobre el terciopelo azul las herramientas aguardaban, cuando de repente sólo quedó la metálica y vibrante ópera de la preparación. Sólo el inconfundible y enfermizo tarareo de su voz y sobre aquella silla, nada. Sentada, en llanto y amarrada Madeleine allí no estaba.

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Mr. Fetchner

Domingo, Diciembre 17, 2006

Solía presentarse cada semana vistiendo de traje negro, ofreciendo una sonrisa falsa a enfermeros, médicos y enfermos por igual. Uno a uno todos veían sus blancos dientes brillar como si la más radiante de las muecas sirviese para ocultar su verdadero propósito. Sin embargo el Sr. Fetchner se esforzaba en mantener la buena predisposición, pues en su trabajo una sonrisa podía ser de gran efecto.

—Llegó el visitador— solíamos decir quienes trabajamos entonces en el Centro de Recuperación de Greenland al verlo entrar. Unos pocos pasos hacia el mostrador, acomodaba su corbata y se presentaba cortésmente:

—Buenas tardes, Sr. Fetchner— se adelantaba Darcy, la más joven de nuestras internas.

—Buenas tardes, respondía él con su sarcástica sonrisa.

Dueña de una figura esbelta, rizos acaramelados y una simpatía casi sobrenatural, Darcy era la única capaz de recibirlo como si se tratase de cualquier otra visita. Él había estado enamorado de la dulce Darcy desde la primera vez, y en adelante no había dejado de observarla en cada encuentro.

—¿Mucho trabajo hoy?— preguntaba Fetchner a continuación, inmiscuyendo su mirada en el escote de la hermosa joven.

—No, no realmente —contestaba ella sin siquiera levantar la vista.

Mientras esperaba que actualizaran los datos del ordenador el Sr. Fetchner presionaba sus dientes unos contra otros como si estuviese a punto de devorar a alguien sólo de exasperación. Odiaba esperar por sobre todas las cosas, pocas situaciones en su mundo podían irritarlo tanto.

—Parece que la copiadora otra vez se atascó— dijo uno de los médicos desde la oficina contigua.

El rostro del Sr. Fetchner de pronto comenzó a transformarse, cobrando la intensidad y coloración de un volcán a punto de estallar. La información que debía obtener era de suma importancia, y el tiempo seguía corriendo.

—No importa, se lo anotaré en un papel rápidamente, no son demasiados esta vez— intervino Darcy salvando la situación.

Ah, Darcy, siempre tan atenta. Sólo ella podía entender el daño que causaría a la reputación del Sr. Fetchner la excesiva demora. Para los que no lo hubieran visto antes, no había en él nada en especial, pero quienes día a día notábamos su presencia sabíamos. Sabíamos aunque ninguno se animara a decir una palabra. Tan sólo “Sr. Fetchner” o simplemente “el visitador”, así es cómo llamábamos a aquella aberración sonriente.

Darcy entregó el papel con los datos y en él se pudo leer un listado de nombres:

Sr. Lovett

Sr. Patton

Sra. Fuentes

Sr. Cruiser

Sra. Allon

Con su habitual gesto mezcla de descontento y suficiencia Fetchner pidió a la joven que firmara debajo la constancia de su visita. Guardó el papel en su maletín, y se alejó en medio de la oscuridad de los pasillos silbando una alegre canción. Luego, simplemente pareció fundirse con el aire, en medio del aturdimiento ocasionado por las alertas de cinco pacientes y una muerte en recepción.

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Cambio

Viernes, Diciembre 8, 2006

Sus compañeros lo observaron consternados.

—Éste será mi pasaporte de vuelta— dijo apretando fuertemente con su mano la moneda.

Sabían que por más que lo intentaran no lograrían persuadirlo, él había jurado que era capaz de engañar a la muerte. Desde lo alto del edificio miró por última vez al vacío y se arrojó con todas sus fuerzas.

Cayó, y su cuerpo se hizo añicos contra el pavimento. Ya embarcado hacia otro lado Caronte reclamó:

—Esta moneda es falsa. Deberás volver hasta encontrar una que yo acepte.

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