Madeleine

Domingo, Enero 21, 2007

Mientras bebía lentamente un café de pésimo gusto el Sr. P planificó su venganza. Quizás, presionaría sus dedos contra su garganta hasta que el único sonido fuese en la radio el de alguna horrible canción. O se serviría de sus favores como prostituta y la amordazaría luego para no escuchar su voz mientras la estrangulara.

Miles de partículas de talco se depositaron sobre los rudimentarios dedos del Sr. P y otras tantas cayeron al vacío cuando quitó el excedente rozando entre sí sus palmas. El látex de unos blancos guantes sintió estirarse los dedos hasta alcanzar la forma del índice, el pulgar, y luego envolver por completo la garra mortífera. La trampa se abrió y cerró ensayando su último truco y el Sr. P esbozó una sonrisa.

Luego las manos comandadas por los guantes tocaron instrumentos acordes a la ocasión: unas pequeñas pinzas, tijeras, dos finísimos hilos de acero y una manta. Dispuestas sobre el terciopelo azul las herramientas aguardaban, cuando de repente sólo quedó la metálica y vibrante ópera de la preparación. Sólo el inconfundible y enfermizo tarareo de su voz y sobre aquella silla, nada. Sentada, en llanto y amarrada Madeleine allí no estaba.

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